La curiosidad no mató al gato



¿Tienes alguna planta en tu hogar cuyo nombre no conozcas? ¿Tu mascota es una gata llamada Frida Khalo y no has visto la obra de la pintora mexicana? ¿Cada que te encuentras una palabra desconocida en un artículo sigues de largo? ¿Sabes cuándo es la próxima luna llena? ¿Comparas  precios y calidad para saber qué es lo mejor y lo que más se adapta a tu presupuesto? ¿Antes de viajar consultas en varias fuentes sobre el lugar que visitarás?

El asombro, el mirar más allá, la pregunta y el descubrimiento de algo nuevo están asociados a la curiosidad, son expresiones y consecuencias de la misma. Ya sea ante cosas triviales o frente a asuntos más serios, el mecanismo de la curiosidad se pone en marcha cuando nos asombramos, cuando nos sorprendemos ante un “no sé”, el cual, a su vez, puede convertirse en pregunta. La observación, la búsqueda y la indagación transforman el asombro en descubrimiento, en información o en conocimiento.

En su libro Inteligencia genial (1999) Michel Gelb expone unos principios clave para el desarrollo de la inteligencia inspirados en la vida y obra del gran Leonardo da Vinci (1452). Uno de dichos principios es la curiositá: Leonardo fue, ante todo, un curioso insaciable, un cuestionador del saber aceptado, es decir, un hombre con preguntas. Al respecto, Michel Gelb dice que “Las grandes mentes se hacen preguntas. Las preguntas que ocupan nuestra mente a diario reflejan nuestras metas e influyen en la calidad de nuestra vida”[1].

Entre las millonésimas cosas que hay por saber y el poco tiempo con el que contamos es un desperdicio no tener asombros, no tener preguntas como boletos a viajes de conocimiento. La curiosidad nos permite entrar en una relación más profunda con nosotros mismos y con el mundo circundante. Nos permite inventar respuestas o soluciones a problemas. Nos mantiene aprendiendo en una eterna infancia.



[1][1] Gelb, M. (1999) Inteligencia Genial. Bogotá: Norma. pág.59